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Mis pasos extraviados en la tarde interrogan a la melancolía. Hacia el destello menguado del sol herido, la mirada se atempera y el pensamiento gravita entre las nubes, abismado en la hondura que escapa hacia el adiós de este día. Cómo cala en esta ausencia inefable la senda oculta de las emociones, reveladas en los recortes azules entre las nubes. La voz de la tarde agoniza en el celeste con la rogativa de un niño solitario que escribe en el aire el silencio dormido en sus labios. El estilizado porte de las palmeras eleva su decir sonámbulo. Son cálices oferentes, como manos extendidas al crepúsculo en la conciencia de oscurecerse y confundirse entre las sombras del parque viejo.
He hundido mi pensamiento en este, a pesar de todo, bendito proceder de cada mañana. Su elocuencia es tan realmente abrumadora que, a pesar de mis reticencias, que empiezan a ser rémoras, ella descorre la cortina del día y enciende mis pasos, por más errabundos, indecisos o atropellados que parezcan. Las composiciones de Johann Sebastian Bach poseen esa determinación iluminadora donde la belleza y el tiempo se abrazan. En su cadencia la sensación de redención libera al espíritu. Pareciera que fuésemos otro. Ese yo que se eleva entre las notas y se desprende de toda pesarosa y triste miseria, de toda pertenencia, salvo a la identidad de sí mismo: el ser en el estado de plenitud que vive en armonía con sus actos e inteligencia sensible. Esta música emana humanísima universalidad en el regocijo del corazón. No hay paraíso ni infierno. Solo la desnudez que atesora la verdad o el revestimiento hueco de la mentira. Soy la duda, pero también la certeza en esta pulsión del laúd, viario de búsqueda y encuentro con uno mismo.
De tu pliegue en la ingle, vuelo del ángel celeste que roza con sus alas y derrumba los artificios. Ya insiste el amor, viejo hechicero, invocando el lagar de las manos ebrias en la penumbra de dos ciegos. Tu corazón, arraigado en mi honda transparencia, liba, labio a labio, el poso de los besos.
El ser de las palabras ardientes bajo la lluvia. Corren a cobijarse en tu pensamiento y lo iluminan ¿No eres consciente que, al observarla precipitar, al escuchar redoblar sobre los tejados quedamos absortos, como reducidos a su propia caída? El hipnótico arrebato de la desventura irrumpiendo ante nosotros. Un antes y un después en aquellas palabras que nos llueven y nos aquietan en el mirador del tiempo. Tras los cristales, el refugio acomodado y la naturaleza ahí afuera, en plenitud, para recordarnos en su contemplación, en su monótona sinfonía, la frágil envoltura que custodia nuestro latido.
Un soñar de los de nunca, este no saber de la existencia y el amor lloviznando en la emoción cantada hacia dentro. Este devenir de los espejos voraces del tiempo y la distancia salvable con solo pensarte.
Hay en tu sonrisa un pájaro que vuela con sonora audacia. Se posa en la rama temblorosa de mi pequeña felicidad: el reino que es memoria de los días celestes. La mar y el cielo son espejos de este corazón que portan tus alas y me lleva a lo hondo de este renacimiento que enuncias. Fue el tiempo en nosotros la carta sin señas que franqueó el amor.
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Cuéntame un cuento
JOSÉ LUIS NAVARRO
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