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LA VASIJA DEL ARTE
El llanto incesante de Cézanne
al conocer la muerte de Zolà.
Su trazo lento, su pincel pensativo,
los cuadros rotos de impotencia,
la luz rendida en la tela del lienzo.
El juego del azar, el poema en blanco,
el silencio de Mallarme llenando
el vacío de la página en vilo,
el símbolo del verso puesto en pie,
puente gravitando al absoluto.
El lecho en el oído de Rilke
donde la belleza inocula su infinito,
la noche sin mañana de Novalis,
el amarillo encendido de Van Gogh,
con sus girasoles altivamente abiertos.
Las cosas sin sus bordes adheridas
a la devorante mano del olvido.
Y pese a todo, la vasija del arte
saciando nuestra sed de eternidad.
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TRAS LOS COLORES
El joven Picasso de apenas veinte años
entra en el siglo veinte por la puerta de un café
de Montmartre. Lleva a Van Gogh en el pincel
de su mirada, una tristeza inconmensurablemente
azul, y un espejo hundido en el fondo del pecho,
para pintar, latido a latido, el mundo que se esconde
detrás de lo aparente. "La fuente del arte es el dolor"
no se cansa de repetir en cada uno de sus cuadros.
Sus brochazos son surcos que interrogan la tela.
Savia, sangre, soles sin marzo y estrellas rasgadas
forman los trazos de su amor irreductible.
Años después la vergüenza caerá sobre Guernika,
y un gris de ceniza dará forma a la barbarie.
¿Qué maridaje de líneas, qué gama entre los negros,
reflejaría hoy la sinrazón de un mundo que comercia
con el hambre, los desorbitados ojos del ahogado,
la patera vacía mecida por un mar indiferente,
la rabia del padre que rastrea la basura y clama al cielo
ese grito que hoy, si volviera, pintaría Picasso?
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