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WITZ ROMÁNTICO EN MAROSA DI GIORGIO
Marosa di Giorgio no dejó nunca de habitar la región rural en la que su abuelo, Eugenio de Medici, se instalara poco tiempo después de llegar al Uruguay desde Florencia. Su obra literaria en conjunto comienza y permanece en la quinta familiar, esa cornucopia de la que todo emana, "apropiada sólo para que la morasen fantasmas, o algunas gentes extrañas y hermosísimas, o un animal blanco y poderosamente milagroso. En su torno todas las flores se ceñían y todas las bestias y las sombras todas y los destellos". Ese es el mundo marosiano, digiorgiano1 , y de esas flores sagradas y alrededor de ese animal blanco y milagroso brota su poesía como una planta carnívora. Es una infancia en la que todo está abigarrado y sobrecargado como en los templos barrocos, y en la que se acoplan la belleza y lo siniestro. En el centro de aquel mundo, Dios, los ángeles y los diablos, manifestaciones diversas de una divinidad que ama a la poeta con apetito y derroche: "Por aquel entonces, Dios ya me quería, me amó siempre con voracidad. Como yo era una niña, él venía a mí alegremente; jamás se me mostró austero".
Al comienzo de la adolescencia, la familia se muda a la ciudad: "Dios me quitó el bosque. Y me trajo a la ciudad, que, con todos sus espejos y sus flores, no es el bosque". A partir de ese momento, Di Giorgio deseará intensamente retornar a su origen, regresar una y otra vez al locus amoenus de su infancia, y recreará en su escritura un jardín salvaje imaginal que se tornará con el tiempo más verídico y vital que el que apreciaran los sentidos. "Seguro que no relato un acaecer concreto, tal vez ni siquiera aproximado. Pero el encaje está tramado con hilos y aquel largo y breve e infinito verano. Aquella mi primera estadía en el mundo se colma cada vez más de impresionantes poblaciones. Con todos sus hechos y banderas".
No creo que la poesía de Marosa di Giorgio pueda encuadrarse conceptualmente sin la revolución romántica, sin Blake o Rimbaud, sin el surrealismo y sin el movimiento neobarroco latinoamericano. Desde que el primer Romanticismo alemán (Frühromantik) inaugurara la poética moderna, la búsqueda de un elemento capaz de fundir lo humano y lo divino, lo finito y lo infinito, el instante y la eternidad, el yo y el cosmos ha tomado múltiples formas. Este movimiento se refiere al Witz (traducido a veces como "agudeza") como el elemento capaz de generar una chispa de absoluto. Más tarde, para un poeta visionario, o vidente, como Rimbaud, serán las iluminaciones lo que produzca el estallido; con los surrealistas, la búsqueda metafísica se orientará hacia el subconsciente. Como si de una bola de nieve se tratara, Marosa di Giorgio recoge esta tradición, pero su elemento amalgama será la continua metamorfosis, el constante devenir en un no-lugar y en un no-tiempo, un presente absoluto que no cesa y en el que las divisiones se desvanecen, forman parte de un continuum imparable, una suerte de cinematografía poética en la que los fotogramas se suceden y superponen a altísima velocidad y a la que es difícil sustraerse: "Soy una Adepta. Más, una habitante de la eterna Magia y en mi redoma veo con asombro y sin asombro, aparecer planetas, arbolillos, vírgenes, mariposarios. No puedo dejar de buscar ni de asistir a estos nacimientos deslumbrantes. Cada uno es único, irrepetible, casi indecible".
El primer romanticismo alemán bebía aún de la tesis del juego de Schiller, que consideraba que el ser humano solo juega cuando es plenamente humano y solo es enteramente humano en el juego, y será especialmente Schlegel quien haga de la ironía un elemento de unión cósmica. Todos los juegos sagrados del arte serán, así, meras copias del juego infinito del mundo, de la obra de arte que está haciéndose continuamente a sí misma.
El Witz va a establecer una relación entre el juego, el humor, la poesía, la mística y el conocimiento, y es precisamente la capacidad para establecer relaciones más o menos inesperadas lo que designa este concepto. Para D'Angelo "no supone solo la capacidad de reunir semejanzas alejadas, implica también la facultad de instituir comparaciones entre magnitudes a primera vista inconmensurables, como cuando se efectúa un salto de lo material a lo espiritual y se dice, por ejemplo, que la verdad es un sol; también la agudeza supone la capacidad inversa, la capacidad de liberar y separar semejanzas previamente producidas en una operación semejante"2. Así, el Witz une, por un lado, y libera, por otro. Pero, además, adquiere una dimensión cósmica al poner en relación no solo ideas finitas entre sí, sino también lo finito con lo infinito. De ahí su carácter místico, pues aspira a generar una chispa de absoluto, aunque sea por un instante, un fogonazo, como en la imagen poética. "La poesía no se utiliza, es una cosa que aparece y es en sí misma toda la gracia y el milagro. Es como Dios", afirma Di Giorgio. Así pues, el Witz del poeta produce lo que no consiguen ni la filosofía ni la ciencia. Es solo mediante la poesía como se accede a la verdad, afirma Novalis, para quien la sensibilidad poética y la del misticismo están fuertemente vinculadas. En esos fogonazos o revelaciones que son los poemas para Marosa di Giorgio se da una suerte de fenómeno místico muy similar al que mostraran Novalis o Schlegel al referirse al Witz. "Todo empieza como un pequeño relámpago, una palabra que se adelanta, ornamentada; algo del pasado o del futuro que me cae en las manos. Hoy me desperté y hubo una palabra. No recuerdo cuál. Una palabra".
El Witz poético resquebraja el hormigón de lo cotidiano y genera espacios para fogonazos desestabilizadores, imágenes refulgentes, atisbos de una materialidad inconmesurable que de otra manera no podríamos siquiera arañar. Di Giorgio, en su poesía, lo supo.
Obras de referencia:
- Conejo, E. Dios palpitando entre las tomateras. Un diálogo con la poética salvaje de Marosa di Giorgio, ed. Godall, 2023.
- Di Giorgio, M. No develarás el misterio, ed. El cuenco de plata, 2010
- Di Giorgio, M. Los papeles salvajes, ed. Adriana Hidalgo, 2003
1 En mi ensayo Dios palpitando entre las tomateras. Un diálogo con la poética salvaje de Marosa di Giorgio, acuñé el adjetivo "digiorgiano" junto con el ya establecido "marosiano". Para un desarrollo de este tema puede consultarse el ensayo.
2 Paolo D'Angelo, La estética del romanticismo, ed. Visor, p. 136.
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