un solo árbol (Thimmamma Marrimanu)
de Patricia Crespo
Editorial Milenio, Lleida, 2024
Poesía, 165 págs.
Patricia Crespo es poeta y dramaturga. Licenciada en Filología clásica por la Universidad de Valencia y autora de los siguientes poemarios Erosgrafías (2018), Cantos de la desesperanza (2020) y Manifiesto de Incertidumbre (2022) con el que fue finalista de los Premios de la Crítica Literaria de la Comunidad de Valencia.
El libro un solo árbol (Thimmamma Marrimanu), está dividido en dos partes: "El cuerpo" y "El bosque". La poeta se hace acompañar por las citas referidas a los árboles o al bosque, de Friedrich Nietzsche, Gioconda Belli, Alda Merini, Clara Janés o Natalia Litvinova, entre otros. En todo caso tanto la primera parte como la segunda se inician con poemas que llevan por título el nombre del famoso árbol Thimmamma Marrimanu procedente de la India, un árbol que creó un bosque de al menos 19.000 metros cuadrados, considerado el árbol más grande del mundo, lugar sagrado y que posee una antigüedad de unos 600 años. La poeta ha querido enmarcar su experiencia poética y vestirse de ese emblemático árbol-bosque primigenio. Y en ese laberinto de la naturaleza especial, un cuerpo lucha por expandirse. Nos encontramos con una Ariadna que no pretende rescatar con su hilo a Teseo, sino que mordida por el olvido, intenta desenredar y estirar la última hebra que todo lo deshace. Y nos deja patente que, ante la muerte de algo o alguien, la palabra poética nos permite volver a nacer; y frente al desgarro o la herida, sale a flote la vida y su dignidad. El dolor de una experiencia amorosa puede también deberse a la interrogación o al silencio que el otro ha proyectado. El poema Herencias expresa la fragilidad, la necesidad de amparo ante la formación de ese cuerpo metaforizado en el árbol, y ante ello "Se impone/ quebrar la letanía, / no claudicar" (p.57). El poema Arboricultura expresa el ritual poético de enterrar la indiferencia del ser amado o su recuerdo, a quien se le reprocha su incapacidad para corresponder "Entierro al pie del árbol/ los huesos de tu indiferencia" (p.69). A lo largo de esta primera parte se suceden palabras como "derribado" "negación" "grieta" "orfandad" "desgarradura" "gemido" "furia" "fragmentar" "vaso roto" "vacío", que connotan una experiencia íntima quebrada. Sin embargo, el cuerpo en idilio con el árbol va iniciando su transformación.
En la segunda parte titulada "El bosque" y en su primer poema titulado también con el nombre del árbol protagonista, parece operarse la transfiguración de cuerpo-árbol a bosque. Sus raíces y troncos se expanden y devoran la individualidad, para tejer "una amalgama de troncos y ramas" (p.95). Una red de correspondencias solidarias, que habitan la naturaleza que no se duele. Y en donde el tiempo de los árboles representado en sus anillos concéntricos, tiene a veces el mismo centro que el amor.
La hospitalidad sincera del bosque disuelve en la materia de ese mundo, el vacío. Enciende el instinto, para con la palabra, con el poema atravesar "los lindes desnortados" (…) "para ser bosque" (p.121). Y esa transfiguración de cuerpo-árbol-bosque ha de tener lugar en primavera. De las grietas del árbol-bosque brota la vida, como de la herida surgen las palabras que hablan de amor, pero de un amor superior, despojado de todo egoísmo individual, en donde "me habita el abandono y su belleza" (p.127) o "(…) descubro la noche en la madera vieja/ que me hace hoguera (…) Y ya nada puede ser. Y ya todo te recuerda" (p.133). "Y aun así no temes/ que ya nada me detenga" (p.141). "Un día de estos / ya el tacto del abandono no temeré." (p.147).
El libro concluye con la figura de Casandra como título del último poema dividido en dos partes. Ese personaje al que tampoco creyeron en sus predicciones por la maldición del dolido amante, el dios Apolo. El yo poético parece identificarse con ella "transformo en canto la desgracia; / nadie me cree, Casandra. / Monotonía y rezo/ en una lengua arbolada / que se alza sin peso / sobre los presagios, / un lenguaje defensivo (…) Sin embargo, todo estaba por hacerse" (163).
La Naturaleza se convierte en el refugio de un secreto, de aquello que tan solo se puede dejar vislumbrar a través de una palabra velada, de una palabra poética que puede llegar a amparar el dolor y su transformación en belleza, a pesar de la soledad o el silencio, como es el caso de este libro.
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