ALGA Revista de Literatura
nº95-96 - Año 2026




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
  • Tomando medidas
          Pintura de José Luis Navarro


    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/
  • Dossier In Memoriam

    Marta Agudo
    (1971-2023)

    Introducción a su poesía

    Bio-bibliografía

    Selección de poemas

    JORDI DOCE, poeta, crítico y traductor. Sus últimos libros de poemas son Nada se pierde. Poemas escogidos (2015), No estábamos allí (2016) y Maestro de distancias (2022). Ha sido lector de español en la Universidad de Oxford. Dirige la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg. Lente Brûlure fue publicado en Inglaterra con el título de Slow burn (2024) y ha sido finalista del premio Michael Marks Award for Poetry Pamphlets.

    INTRODUCCIÓN A LA POESÍA DE MARTA AGUDO

    Por Jordi Doce

    Marta Agudo se dio a conocer como poeta en 2004 con Fragmento, libro que mereció tal vez pocas reseñas -solo recuerdo la de Eduardo Moga en Cuadernos Hispanoamericanos y la mía propia en Turia-, pero que no pasó ni mucho menos inadvertido. Su propuesta era a la vez barroca y minimalista, con una palabra ceñida en la que sin embargo latían sus lecturas del Siglo de Oro -Quevedo y Góngora en íntima alianza- y una profunda inquietud existencial que a menudo se resolvía en constatación desolada del carácter absurdo de la vida. El libro estaba construido en forma de cadena, con breves poemas que arrancaban donde había concluido el anterior, y esa articulación apuntaba a un rasgo fundamental de esta obra: Marta no escribía poemas, sino poemarios, conjuntos orgánicos que eran más que la suma de sus partes. Ese afán constructivo está en ella desde un inicio, como demuestran dos libros juveniles o de aprendizaje que se conservan entre sus papeles, escritos en algún momento de la década de 1990: Los vértigos amplios del blanco y Al tú y otras correspondencias. Los libros posteriores no harán sino afirmar y consolidar esa vocación.
    Siete años separan Fragmento de su sucesor, 28010, publicado en Calambur, sello entonces en ascenso que se distinguía por el cuidado en el diseño y la tipografía de sus títulos y en cuyo responsable, el cervantista Emilio Torné, encontró un editor amigo y cómplice. Surgido de una profunda crisis existencial y de identidad, 28010 era un conjunto de breves poemas en prosa -género que Marta ya no abandonaría- que retratan un proceso de reconstrucción personal a través del lenguaje, el espacio y el tiempo. Sus cuatro secciones, "Fonética", "Sintaxis", "Geografía" y "Secuencia", dibujan un trayecto que empieza apelando al testimonio de los demás ("Me llamo Marta. Me llaman Marta") para explorar con temor, incredulidad y desconcierto sus alrededores inmediatos y así dar sustancia o sentido al propio vivir. No hay grandes conclusiones, solo una petición modesta de acogida a ese "empujón de grietas" que es la existencia: "acógeme y silba los acordes de cada jornada sobreviviente; los sonidos para edificar la mañana".
    Su tercer poemario, Historial, se editó también en Calambur en un momento (2017) en que su asunto central -la enfermedad, el dolor, la poquedad y el milagro de la supervivencia en esos grandes repositorios de sufrimiento que son los hospitales- estaba a punto de normalizarse en el discurso literario y poético. En ese sentido, fue un libro premonitorio. Nadie puede acusar a Marta de oportunismo, pues era una inquietud que la rondaba desde hacía años por imperativos personales y que cristalizó a raíz de varias visitas sobrecogidas a un centro de ancianos. Una vez más, el libro se escribió con rapidez, en apenas unos meses, fruto de un estado de trance que se agotó tan pronto dejó de ser necesario. Hubo un segundo impulso que dio lugar a la serie final, "Cuatro tiempos", y que nació de la contemplación de una serie de fotos de salinas y paisajes árticos del artista Cano Erhardt (quien también influyó en la concepción de su último libro, Sacrificio). Con todo, el grueso del poemario es una radiografía a la vez impiadosa y compasiva de esa "vida aparte" que es la enfermedad, una escucha solícita de ese idioma intraducible que hablan los enfermos y que solo ellos pueden comprender cabalmente. El libro contiene algunos de los pasajes más descarnados que escribió Marta y hay momentos que sorprenden aún por su crudeza y ferocidad.
    El libro fue premonitorio en más de un sentido. Cuando se publicó en abril de 2017, nadie podía imaginarse que un año después su autora sería diagnosticada con un cáncer de mama que acabaría -cinco largos años después- siendo fatal. En un primer momento, la intensidad de los tratamientos y la aparición de efectos secundarios de todo tipo la tuvieron apartada de la escritura durante al menos tres años. Sin embargo, a inicios de 2021, el efecto conjunto de un pronóstico negativo y un tratamiento urgente de corticoides la llevó a escribir casi de un tirón los poemas de Sacrificio. La imagen primera detrás del libro, la imagen que desató el nudo que la había enmudecido hasta entonces, fue la fotografía de un témpano de hielo (obra de Cano Erhardt) que ilustra la cubierta de la edición de Bartleby. Y sobre ese témpano se instaló la imagen complementaria del Minotauro que exige su tributo anual de vidas, el Minotauro en su laberinto que espera la llegada de siete efebos y siete doncellas para sacrificarlos y alimentarse con ellos. Más allá o más acá de estas imágenes, de estos símbolos generadores, hay en el libro una conciencia extrema de la finitud de la vida, de la propia postrimería, y un reconocimiento expreso de que "he tenido que llegar hasta aquí" para aceptar la gracia de la vida y reconciliarse con ella. Con ese libro final Marta firmó la paz con su propio existir, pero lo hizo a su manera: con una palabra afilada y al mismo tiempo doblada y retorcida hasta la extenuación, como un viejo leño que no da su brazo -su fibra- a torcer.
    Tengo la sensación de que el tiempo de la poesía de Marta Agudo está por llegar, de que su escritura sigue creciendo en el aprecio de los lectores, como demuestran los sucesivos homenajes de que está siendo objeto. Dos palabras resumen su paso por la vida y el lenguaje: verdad, autenticidad. La poesía no pide más, pero son pocos los que pueden o logran estar a su altura sin doblez ni premeditación. Marta fue uno de ellos. Como escribió ella misma: "No hay cordillera sin dos ni zanja sin cuerpo vivo".