ALGA Revista de Literatura
nº91-92 - Año 2024




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Foto de la colección "Paisajes para un sueño"
      de Teo Serna

    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/

    Narrativa

    ELVIO RENÉ

    Es miembro del Grupo de Poesía ALGA. Ver: http://www.poesiaalga.org/

    LA LLEGADA

    Casi podía ver los pensamientos del gobernador. Un padecimiento le dirigía la mirada hacia esos hombres asolados por el esfuerzo, sus hombres, cuyo hastío por las ceremonias era evidente. Cabeza de Vaca cerró los ojos con fuerza un largo momento. Acaso buscaba una rebelión consigo mismo, un soporte donde las piernas no le flaquearan y el corazón no se detuviera. No era momento de soflamas ni de plegarias. Inspiró, miró a la exhausta tropa y ordenó descanso.
    Muchos confesaron que esa noche apenas durmieron. Les conturbó el sueño una nostalgia por la selva que los había guiado hasta ahí. Las espinas, los insectos, las hojas urticantes los habían lastimado sin misericordia, pero la propia espesura también los había protegido y sustentado. Para algunos, la significación de ese balance era mínima; deseaban llegar y ofrecerse al fatalismo dictado desde lo más alto del cielo. Eran conscientes de que el mejor modo de olvidar las penurias sería con quehaceres nuevos. Otros sentían que la naturaleza les deparaba experiencias insólitas en cuanto el viaje acabara, porque un derrotero desconocido los esperaba detrás de la espesura. Un año y cinco meses atrás habían salido de Cádiz con la certeza de no volver nunca, pero todos llevaban su origen con un nudo en el corazón. En muchos calaba que esa ausencia era para siempre. Era un destierro voluntario ceñido de melancolía. Ahora, en una ciudad nueva que no era una ciudad, con unas obligaciones que ignoraban, con un albedrío entregado a las manos todopoderosas de Dios, iban a sumergirse en otro tipo de soledad. Iban a enfrentarse a un nuevo crecimiento, y esa metamorfosis los transformaría en otros hombres y en otras mujeres.
    Yo me incluía recónditamente en esa reflexión, aunque la naturaleza de mi tarea siempre guardaba un escrúpulo de esperanza para que el regreso fuera probable. Lo cierto fue que esa circunstancia ocurrió, mas no del modo que la mente preveía. Todo iba a ser insospechado desde ahora, desde el músculo hasta la memoria. Yo también iba a sucumbir a esa transformación. ¿Recordaré ahora que el camino final hasta la Ascensión quedó en la mente de todos como un regalo del Altísimo? Después de siete meses de supervivencia en la selva imprevisible, cualquier tropiezo sería parte del paraíso. Pero éramos tan audaces como ingenuos.
    No exagero al decir que los nativos carios eran miles. Había niños, hombres y mujeres situados en ordenadas filas bordeando los senderos a medida que nos acercábamos. La temprana hora los había convocado para recibirnos. La selva respiraba su atmósfera más pura con olores, humedales y matices que penetraban en nosotros como un tónico de vida. El cielo, pálido, se extendía manso para arder con el sol de la mañana.
    Con asombrada alegría escuchamos palabras españolas en boca de los nativos dándonos recibimiento. Quienes no pronunciaban nuestra lengua nos agasajaban con vino de maíz, tortas de mandioca, batatas, gallinas, pescado, miel y venado. En cierto modo era el paraíso. Ningún caminante se quedó sin recibir su parte, fuera hombre o mujer. Con osadía, nativos jóvenes se acercaban al gobernador para expresarle la bienvenida con palabras en español. Deseaban demostrar ese conocimiento con frases sencillas, aprendidas en los cinco años que llevaban inmersos en la convivencia. Identificaron a Cabeza de Vaca porque abría la marcha, no por otro símbolo externo. El color de la piel era para todos nosotros el mismo que el de la tierra roja, ropas, corazas y hasta las barbas.
    No encontré un solo semblante con temor o con recelo. Vi la risa en los ojos negros de los niños y alegría en las tendidas manos. Quien les había promovido ese agasajo no podía ser un feroz funcionario o un clérigo taimado, llegué a pensar. Era el lado amable de la página.
    La esperada ciudad apareció tímidamente, primero con chozas dispersas entre los árboles, con precarias granjas, con monos curiosos acostumbrados a la presencia humana, con más nativos y con algunos españoles. Finalmente, bajo la luz enorme de haber llegado al término del bosque, apareció el espacio interminable y limpio que llegaba hasta el río una milla por delante, sembrado de reducidas casas de madera y chozas de barro con los techos de palma. Eso era la Ascensión. Más allá de algunos penachos humeantes que indicaban la vida en esas viviendas, una laguna inmensa se recostaba como una lágrima paralela a lo largo del río Paraguay. La ciudad se extendía en una tierra de sutiles pendientes bendecida de luz, donde arroyos transversales corrían hacia la laguna. Cercas irregulares hechas por manos indígenas acotaban casas y cultivos. Unas diminutas colinas ondulaban el entorno. Se divisaban canoas y algunos bajeles menores en la ribera de la laguna, bergantines con la vela aferrada para no provocar al viento.
    El Adelantado se detuvo y dejó rodar la vista por aquel rudimento de civilización, como si necesitara aceptar que su verdadera misión moraba en esa ciudad y no en la selva profunda. Una comitiva de españoles y nativos se acercaba a nuestro encuentro por uno de los torcidos senderos del asentamiento.
    -¿Serán cerca de las nueve, Pero? -dedujo Núñez sin mirarme-. Quiero que registres la hora y el día.
    Miré atrás. El sol nos perseguía a baja altura, ascendiendo por la espalda y entibiando las corazas. Observé la larga columna de la marcha que se agrupaba para contemplar la urbe naciente. Pocas veces había yo presenciado la totalidad de nuestra gente como ahora, espíritus de hierro y suciedad custodiando los alimentos que acababan de recibir. Los ojos se entornaban y las manos se retorcían intentando identificar alguna esperanza para ese rincón de sus vidas. Bajo la piel quemada algunos tuvieron la valentía de sonreír. Descubrían los anhelos en los rostros demacrados por las privaciones. Las miradas eran cómplices, atónitas, preguntándose por qué el final de una esperanza se había transformado en una ironía, sin calles trazadas y sin iglesias de piedra. Era un enclave elemental hecho de senderos, con techos vegetales y paredes de palma y barro. El alivio no contenía alegría. Todo lo que se veía era de una humildad primordial. En vez del final de un mal sueño, era el principio de otro.
    Un piloto asintió con la cabeza confirmando la hora. Levanté el cuaderno de notas y anuncié:
    Son las nueve, gobernador. Hoy es sábado 11 de marzo de 1542.

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