ALGA Revista de Literatura
nº90 - otoño 2023




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Foto de la colección "Mimiamimemima"
      (Miami, EE.UU., 2022)

      de Eduard Reboll

    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/

    Narrativa

    ELVIO RENÉ

    Es miembro del Grupo de Poesía ALGA. Ver: http://www.poesiaalga.org/

    ASIGNACIÓN

    A mediados de julio, cuatro meses después de mi llegada a la Ascensión, un regidor del Cabildo llegó hasta mi casa bajo un calor que partía la tierra. Era mediodía. Un secretario y dos indias jóvenes lo seguían. Todos venían a pie, como era habitual en los desplazamientos por la ciudad. Salí de la casa a recibirlos. El funcionario vestía un traje de púrpura y un ancho sombrero del mismo color que balanceaba una pluma también púrpura.
    - El Cabildo os asigna dos criadas indias para vuestro servicio, escribano -dijo el regidor.
    - Tengo ya un criado y un amanuense, regidor. Y un caballo a mi cargo.
    - Esta es una asignación habitual. El gobernador aprueba la costumbre.
    - ¿Lo sabe él?
    - El poblado que visitasteis nos envió varias mujeres para el gobernador. Él ha destinado dos para vos -Se volvió hacia las indias y dijo lentamente-. Decid vuestros nombres al escribano para que os conozca.
    - Aguapé -dijo la que parecía mayor.
    - Arai -dijo la otra.
    Estimé que la menor tenía menos de veinte años, y unos cinco o seis más la mayor. En ambas prevalecían los brazos fuertes y las caderas nobles. El idéntico pelo era largo y negro. Iban descalzas, vestidas con delgadas túnicas de colores como todas las criadas que se integraban en casas españolas. Las habían vestido. Ignoraba si conocían las labores o los hábitos propios de la civilización española, pero la vida de ellas sería diferente desde ese momento fuera de sus aldeas.
    Consciente de haber sido sorprendido con aquella suerte de ofrenda, contemplé a las mujeres con turbación. Daban la sensación de esperar una orden mía de inmediato. Ellas no bajaban la vista; los ojos negros me observaban sin temor. Firmé el pliego que me ofrecía el secretario del regidor y noté la mirada de Lázaro desde el interior de la casa. A través de la ventana del gabinete su mirada se derramaba sobre la muchacha menor.
    Lázaro seguía siendo un muchacho callado, pero muy observador. Se trataba de un joven de ojos diáfanos, afortunado en cultura, respetuoso con los documentos y de buena letra. Lo había yo rescatado de un penumbroso despacho de Sevilla cuando los capitanes de la expedición reclutaban gente en las plazas bajo el sol de los pueblos vecinos. Lázaro ejercía la función de copista como paje de bolsa, tal era su rango en la jerarquía administrativa de Sevilla. El destino lo había llevado a crecer entre el olor del lacre y de la tinta del mismo modo que otros jóvenes medraban como vendedores de paños o como trúhanes de ciudad.
    El regocijo iluminó aquel día la mirada de Lázaro cuando le propuse el alistamiento a mis órdenes en la expedición. Controlando la euforia, me dijo entonces:
    -Nunca sabré cómo agradeceros este gesto, señor escribano. Contad con mi lealtad para lo que mandéis. Me habéis liberado. Desearía trasladar mi agradecimiento a la persona valedora de mi nombre ante vos.
    -No fue nadie de este lugar. Tranquilízate, ya habrá tiempo de tribulaciones cuando pises el Nuevo Mundo.
    Para Lázaro, aquella proposición significaba el adiós a la sombría burocracia del Consejo de Indias. Siete años llevaba ejerciendo la silenciosa escritura del Consejo, viendo y escuchando a los poderosos consejeros que tomaban las decisiones sobre el interminable Nuevo Mundo. Aun con el porvenir de amanuense, Lázaro se aferró con gratitud a la luz de esa oportunidad desconocida.
    -Nunca he tenido criadas -objeté al regidor-. El criado indio es hábil para todo.
    -Atenderán las necesidades de la casa -estableció el regidor-. Comida y limpieza. Son indias carias sin hijos.
    -¿Y debo darles órdenes? No sé una palabra de guaraní.
    -A ellas les toca aprender, no a vos. Las indias aprenden rápido. Tienen algún conocimiento de español, pero tendréis que enseñarles más hablándoles despacio -El funcionario se volvió a las dos criadas y me señaló-: Él, Pero Hernández. Le diréis señor. Señor.
    Se inclinó ligeramente para saludarme.
    -Son vuestras, señor escribano. Buenos días.

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