ALGA Revista de Literatura
nº88-89 - primavera 2023
40 aniversario / 1983-2023




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Iglesia de los Franciscanos (Lucerna, Suiza)
      de Enric Velo


    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/

    Narrativa

    FRANCISCO COBACHO

    FRANCISCO COBACHO nació en Jauja (Córdoba), pero desde los 16 vive en Barcelona. Ha sido técnico de telecomunicaciones. Desde siempre le ha gustado escribir. Fue cofundador de las revistas Alcudia y Alga. Ha publicado en varios libros antológicos de las siguientes colecciones: Blanco Verde, Aradores, Poesía solidaria, Tardes del laberinto y otros. Tiene inéditos una novela, un libro de relatos y cuatro poemarios. También se ha adentrado por el oficio de pintor de óleos y marquetería artística.

    MIENTRAS LA LUNA

    La otra noche, cuando salí al balcón, la luna se mostraba plena, plateada y con un brillo que impregnaba las horas de una claridad arrebatadora. La luna parecía como bañada en luz fría y circundada por un halo mágico. Absorto contemplé la bóveda que nos envolvía. Mis ojos, algo cansados, intentaban penetrar hasta donde alcanza la sideral magnitud de los astros. Aún no del todo acostumbrado a la leve luminosidad del firmamento, intuí que las titilantes estrellas y la majestuosidad del cielo que me abrazaba querían contarme algún secreto.
    Rodeado por duendes de los sueños y sumergido en una silenciosa quietud, de repente oí un leve rumor. Me pareció escuchar un sonido semejante al murmullo de alguien o algo no queriendo incomodar al silencio. Me asaltó el ánimo y apareció en mí la curiosidad del niño que llevamos dentro. Agudicé los sentidos, volví la vista al rincón de donde procedía el cuchicheo y conformé las pupilas a la leve luz, reflejo de la luna en la pared.
    ¡Quedé asombrado!, al reparar en lo que entraba por mis oídos. Conocía algunos rasgos de las plantas y flores. Las que año tras año cultivo en el balcón del hogar donde vivo: su hermosura y el rápido crecimiento, sobre todo si las cuidas y las mimas. El perfume de los geranios y las olorosas flores de la dama de noche flotaban mezclados en el aire como musa inventada para el momento.
    Pasados unos segundos, aún tenía dudas de si, lo que escuchaba y veía era verdad. ¡Las plantas dialogaban entre ellas! Sí, sí, era una conversación amorfa, apenas un susurro entre la almidonada pilistra y la arrogante yuca. Agudicé el oído un poco más, me moví despacito para no interrumpir tan animado y extraño diálogo y me mantuve atento para ver de qué iba la charla.
    -Ya ves -me pareció que decía la pilistra, apenas con un hilillo de voz?. Aquí estamos. Atadas al tiempo y a nuestras raíces.
    -No te quejes -le contestó la Yuca-. Al menos nos riegan y nos abonan de cuando en cuando… Y, en alguna ocasión que otra, hasta podemos escuchar música.
    En ese momento pensé: "Eduardo, esto no puede ser verdad. O alguien te está gastando una broma o simplemente, estás soñando". Después de unos segundos más escuchando la extraña conversación, de pronto…, silencio, nada más volví a oír. El tiempo siguió transcurriendo paralelo a mi embeleso. Quizá pasaron unos minutos o puede que horas.
    Más tarde, se veló la claridad de la noche y el cielo, convertido ahora en una pintura abstracta, rápidamente se degradó hacia una penumbra vestida de azabache. En nada de tiempo, una inoportuna nube tan negra como el hollín le cubrió la cara a la luna y la noche se hizo cortante.
    Mientras uno a uno, se consumían los minutos, aún escuché los lamentos de un gato ansioso por disfrutar sus pasiones nocturnas, también oí la estela sonora dejada por el volar cadencioso de unas aves en su paso migratorio.
    Después, no supe lo que aconteció. El silencio no volvió a romperse. La impertinente nube invadió más y más la inmensidad del cielo. Mi memoria quedó atrapada entre los enormes nubarrones. A partir de ese instante quedé hipnotizado en la nada y el tiempo dejó de latir para mi conciencia.
    No recuerdo si la luna se asomó de nuevo por entre alguna de las inoportunas nubes. Puede que sí, o puede que no lo consiguiera en toda la noche. O tal vez, ni siquiera mi salida al balcón fuera un hecho real. Quizá, solo se tratara de una historia más inventada por mis sueños.

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