ALGA Revista de Literatura
nº88-89 - primavera 2023
40 aniversario / 1983-2023




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Iglesia de los Franciscanos (Lucerna, Suiza)
      de Enric Velo


    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/

    Narrativa

    ANTONIO LARA RAMOS

    ANTONIO LARA RAMOS, (Noalejo, Jaén, 1957) es novelista, historiador y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea y licenciado en Ciencias de la Educación, ha publicado varias obras de temática histórica, educativa, narrativa y las biografías Pedro Antonio de Alarcón (2001) y Matilde Cantos: un compromiso social (2009). Es colaborador habitual en el diario Ideal de Granada. Autor de las novelas: La renta del dolor (2013), una semblanza entre el exilio y el retorno en los últimos años del franquismo; La noche que no tenía final (2015), una historia de solidaridades alrededor de la trata de blancas; Cae la ira (2018), una aproximación a la realidad social de la posguerra; y Askatu, portal número seis (2021), se acerca al periodo que transita entre el final de ETA y los intentos de cerrar heridas en Euskadi.

    NUEVA YORK: ENTRE DOS ORILLAS

    Desde Newark, los pasos del pequeño Archie Ferguson desfilan desde Jersey City, Hoboken o Union City hasta la espectacularidad del skyline de Manhattan. La Gran Manzana: el paraíso de los deseos, también de la miseria disimulada.
    Paul Auster, 4321, nos invita a acompañar al joven Fergurson en sus dos primeras décadas de vida, las mismas en las que se configura la melancolía de todo lo que ha de venir. Esas décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando EE UU se abrió a una nueva era geoestratégica, imperialista y de expansión económica. Los años de la Guerra Fría, la lucha contra la segregación racial, la irrupción de la figura de Martin Luther King, del acceso de Kennedy a la Presidencia o del estallido de la guerra de Vietnam. Décadas de juventud, de grandes ilusiones: vocación por el beisbol, atracción por las chicas, despertar de la conciencia social, sueños por ser escritor o el flirteo con ideas tachadas de comunistas.
    El río Hudson de por medio, dos mundos que se avistan, uno, acaso, con más intensidad que el otro. Dos orillas. Vecino rico, vecino pobre. Fascinación por el lento movimiento de las aguas del Hudson, tan ajenas a la condición humana de sus moradores o, quizá, producto de la misma. Desde las largas plataformas que se adentran en el universo de aguas zarandeadas, el miedo infantil emerge: acecha el misterio escondido bajo ellas. La turbidez. El repelús de aquel niño que se bañaba en una poza del río de los Prados, temeroso de una profundidad ignota, entretanto sus pies buscaban el fondo y la imaginación inventaba culebras que se enredaban en ellos. La zozobra al mirar las aguas negras de un puerto marítimo, que chocan sin descanso en el paredón del muelle o en la quilla del barco. Las aguas turbias, sospecha de incertidumbres, como las que alimentan la desconfianza hacia los hombres. La naturaleza humana, más parecida a lo vaticinado por Hobbes que a la bondad de Rousseau. Hobbes, va ganando la partida.
    Observar desde las dos orillas del Hudson es como mirar a la vida, donde las miradas son tan distintas. Cada orilla, una realidad dispar, tan lejanas y cercanas al tiempo, como las presiente el pequeño Archie, anhelante de lo que ha de llegar. Añorando lo que se desea, hasta que dejas de añorar.
    Desde esta orilla Manhattan representa un sueño. Debe serlo para los miles de viajeros que cada día se dirigen hasta la Gran Manzana por aguas surcadas por viejas barcazas y modernos barcos, despertando el deseo incontenido de atrapar el skyline de altas edificaciones. Tan al alcance, dispuestas a ser derribadas en un juego de bolos. Ese friso "majestuoso y geométrico", como lo definiera José Hierro en Baile a bordo. Eso debió ocurrirle al pequeño Archie Ferguson cuando las divisaba desde la orilla sur del Hudson en una atracción que enamoraba, atrapada la mirada por el glamur que la imagen destilaba. O a Luis Cernuda cuando, desde el barco que lo acercaba a Nueva York en 1947, escribía en Ocnos: "Ya estaba allí: la línea de rascacielos sobre el mar… esbozo en matices de sutileza extraordinaria, un rosa, un lila, un violeta."
    La vida puede convertirse en un laberinto, pero también en un sendero susceptible de bifurcarse, trifurcarse o 'cuadrifurcarse', de seguir distintas trayectorias para retroceder y escoger otro camino cuando entendamos que el elegido no nos lleva a donde anhelamos. Dejar a un lado a la persona amada, frustrar las ilusiones por cobardía, elegir el itinerario equivocado, rectificar…, como las posibilidades que concede Paul Auster al pequeño Ferguson, a quien le da la oportunidad de vivir cuatro versiones paralelas de su vida. Quizá sea esa la percepción que se tiene de Nueva York: una ciudad de oportunidades, susceptible de cambiar la vida, porque la tenida no nos gusta. La ciudad que abre mil caminos.
    Acaso esta metrópoli es la máquina del tiempo donde revertir todo lo que nos ha salido mal, la que endereza el rumbo de la vida, como gran aspiración callada de la humanidad: gobernar el tiempo. El tiempo, ese tirano que transcurre implacable mancillando nuestras vidas, manejándonos, ajeno a doblegarse a nuestras decisiones, o a deseos incumplidos o insatisfechos.
    Las máquinas del tiempo no existen, conformémonos con las máquinas de la imaginación.
    John Steinbeck vivió y murió en Nueva York. Lo tuvo claro: "Cuando has vivido en Nueva York y has hecho de ella tu hogar, no encontrarás un lugar mejor". Esto mismo debió rondar por la cabeza del joven Archie cuando ocupó con su madre aquel apartamento en Manhattan.
    Seguir los pasos entre Newart, Bergen, Lafayette, Jersey City, Hoboken o Manhattan es como recrear los del joven Ferguson. Hoy, seis décadas después, se reconocen las mismas ilusiones en los miles de rostros de pasajeros que cada día se suben al PATH para adentrarse en Manhattan, bajo las aguas del Hudson, hasta llegar a la estación del World Trade Center.
    La persecución de un sueño. Los sueños nunca cesan.
    Pergeñar varias versiones de nosotros mismos en una sola trayectoria vital resulta una empresa imposible. A lo mejor estaríamos dispuestos a vender nuestra alma al diablo para que fueran factibles tantas versiones de nuestra existencia como cupieran en nuestra vida. En Nueva York la gente cambia de trabajo con la misma frecuencia que lo hace de camisa, eso dicen, o eso parece intuirse en un mercado laboral tan dinámico. Un amigo, Edgardo, me dijo que así fue a lo largo de su vida y de la de muchos de sus conocidos.
    Nueva York o el mito: la ciudad que ofrece multitud de vidas. Así parece transcurrir la existencia en esta ciudad: una sola vida conformada por un sinfín de historias. Acaso por eso Paul Auster quiso forjarlas en la vida de Archie Ferguson.

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