ALGA Revista de Literatura
nº88-89 - primavera 2023
40 aniversario / 1983-2023




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Enric Velo
  • Lucía León
  • Goya Gutiérrez

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Iglesia de los Franciscanos (Lucerna, Suiza)
      de Enric Velo


    Sumario
    http://revistaliterariaalga.com/

    Páginas centrales

    Antología poética de Goya Gutiérrez


    Introducción: "Una habitación poética propia" por Federico Gallego Ripoll
    Biobibliografía
    Selección de poemas: Goya Gutiérrez


    SELECCIÓN DE POEMAS: GOYA GUTIÉRREZ

    Una paloma se ha herido entre las plumas de un ala
    al penetrar por el cristal quebrado de la casa en ruinas,
    la muerte aún vive con los pies arrastrados,
    los labios sin amor, los ojos colgados como un viejo trapo,
    las manos que sonámbulas
    buscan algo que las sostenga, y de pronto surge el aletear,
    la blancura animal de la mañana que presagia la huida
    de toda acuchillada sangre,
    beberse el dolor como un negro café azucarado,
    y respirar por la nariz, la boca, a pleno pulmón
    el olvido de la demente ruina,
    y pensar en las flores desprovistas de la malignidad
    que ya han empezado en las cunetas a crecer, a ser posibles,
    y cultivar el huerto donde aún crece aquel árbol granado
    en que ahorcaron a un hombre.
    La muerte poco a poco se escapa entre los huecos
    de las piedras, como un vulgar asesino,
    corre por yermos y desolados campos que se han de cosechar,
    hacia las tumbas bajo la ciénaga.
    Las miradas fundadoras convirtiendo la pestilencia en alado
    perfume, al animal desgarrado de la casa en un cuerpo habitable
    listo para la dicha.
    Y que la arena tenga sueños suaves como una dulce mano
    acariciando el lomo de los canes,
    y que los gallos icen la bandera blanca bordada con su canto,
    y el amanecer tiemble de extrañeza
    al sentir el sosiego de los párpados,
    y que la herida aprenda la miel de las abejas
    que destile su ámbar y poco a poco cierre.
    La paloma colma la grieta con su ala, crecen plumas y vuela
    al confín de otro posible vórtice.

    No hay tiempo para pensar en las migajas
    de los panes de manos prejuiciosas
    o en las briznas de hierba quemadas por el sol
    en esta tarde eterna y fugitiva en que transcurro,
    en que tenso mi vida acumulada en mi cuerpo y su esencia
    como un arco que quisiera acertar en el centro
    de todo lo que importa:

    Mantener la conciencia en sosiego no en reposo.
    Reconocer la luz auroral con los ojos aún jóvenes.
    Haber podido alcanzar la madurez, aunque arrastrando
    las piedras compartidas del camino en los bolsillos, los zapatos.

    Creer en la pregunta sinsentido, que lucha
    quizás toda una vida por su redondez, como una estatua
    siempre en tránsito en manos de la artista,
    como un poema siempre por pulir.
    Y con ese vacío entre los labios, seguir con esas sílabas
    torcidas, tratando de enderezar la parcela de tierra
    que me fue destinada en este mundo, quizás en el desierto
    sembrando el árbol de los frutos jugosos, que no ciertos,
    pero que con sus balsámicas respuestas soslayan la punzada indeleble
    y alejan momentáneamente de la muerte.

    Llegar tan lejos como puedan mis pies, no sobre ruedas,
    ni con ungüentos mágicos, ni cremas futuristas.
    Contar con los brazos vacíos o plenos, esas ramas amigas
    de cerezas en su plenitud.
    Replantar un jardín de palabras, tenaz, y escribir
    su fulgor y mudanza, y su decrepitud.

    Poder amar tu cuerpo, el rostro de tu espíritu como quien
    recobra la libertad de un mundo que cobija el pesar y la alegría.
    Haber sentido dentro la savia transcurrir en mi cáliz de agua
    envolviendo tu carne, hacia el ser avanzando hasta emerger.
    Y ya no poder nunca más desgarrarme, desmembrarme,
    desunirme de esa raíz filial, de ese amor que,
    aunque oscurezca a trozos o aunque hiberne, ya siempre esperará
    el incipiente sol de primavera.

    LA CASA

    X

    Nave espacial hacia los sueños enhebrados a la cabecera
    para tejer la noche,
    para huir de esa monotonía que se instala en las horas.
    Tálamo donde la flor ofrece, carnoso y dilatado su pistilo
    y abre su cáliz y sus pétalos, con ansia y con deseo
    al largo pico del bello colibrí.
    Sábanas cuyos dedos sedosos participan en el sensual
    banquete de comerse las bocas,
    de relamer los pies, de beberse las caricias a besos.
    Ataúd donde poder vivir la muerte transitoria.
    Confesionario donde entregar los malos y los buenos
    pensamientos, las traiciones, las arduas decisiones.
    Cuna de fiebre que de la frente extrae la cuchara
    vertiendo ese jarabe ámbar por el hueco de los labios abiertos.
    El miedo galopando, tomando las riendas de ese colchón
    que como un cofre antiguo retiene los perjuicios
    en su espuma, en su látex,
    y que un día agotado, los dejará volar, desatado
    de quebrantos y sombra.
    Edredón que aísla de la perturbadora oscuridad,
    mientras arropa esa quietud de aguas que cansadas
    vuelven a sus orillas después de cualquier pérdida
    o estrago, o el simple trajinar del día.
    Imágenes que al calor del silencio en la retina quedan
    de las guerras abiertas en canal, en todos sus colores,
    vistas desde el sofá o el plato de la cena.
    Maletas albergando, debajo, en su reverso, el viaje de la vida,
    los pasos errados o acertados por calles y avenidas,
    por esos vericuetos hacia la encrucijada del hallazgo,
    esfuerzo que alumbra y que libera
    para escribir el tránsito por el arduo desierto del asombro
    donde habita el misterio.
    Instante prodigioso, producto del azar o del milagro:
    la fusión de dos luces en ese cuenco interno de la mujer
    gestando un lucero del alba.

    Delante de la ventana aguarda el perpetuo ciprés.
    Mira con ojos vegetales la cama que blanda o espinosa
    acoge y une los extremos del hilo del principio y el fin.

    (De Pozo pródigo, 2022)


    Nave espacial hacia los sueños

    FEDERICO GALLEGO RIPOLL


    PIER PAOLO PASOLINI
    Medea (1969)

    La historia va a la búsqueda del vaso sagrado.
    Transita por las montañas, por ocultas cuevas
    en busca de la flor azul.
    A Jasón le encargaron el reto de ese imposible:
    encontrar el dios cabrío y áureo.
    Allí donde una maga viste ropas reales,
    ofrece en sacrificio víctimas, hace pócimas
    para conculcar la ley, excitar al destino.
    Y será feliz, será fiel, su vientre parirá hijos,
    creerá en las promesas, ha renunciado a todo,
    y de pronto, siente que un vendaval zarandea
    su casa,
    la invade, la humilla desde las plantas de los pies
    a su regia cabeza,
    y ese viento feroz es aquel a quien sacrificó
    su mundo,
    el que quiere coronarse, el que quiere desposarse
    de nuevo.

    Pero a ella, habiendo matado su pasado,
    solo le queda
    la aspereza de imprevisible arena
    y fuego en las arañas de su vientre urdiendo
    devorar
    todo ese mundo ajeno,
    sí, incluso, a los más amados: ofrenda, sacrificio
    que acrisole la afrenta.
    Del instinto garfios de odio las alas que fueron
    del amor. Las tenazas de la posesión…

    Y ya huir, huir, muralla sangrante a sus espaldas,
    imposible de escalar a sí misma
    con el corazón podrido,
    y ahora sí, sola, frente a la errancia.

    La memoria es un desván lleno de trastos
    encendidos,
    de relatos amargos que se han dulcificado,
    o de instantes felices o vivencias amables,
    o de Historia mayúscula,
    o de historias privadas, fijadas a sus primeros
    clavos,
    que aún rezuman la misma sangre fresca.

    Es la cueva poética cuajada de pequeños cofres
    olvidados, aún por descubrir.
    La linterna de una catedral por donde llegan
    los rayos de la infancia y las ensoñaciones.
    Y si por algo es desahuciada crecen en ella
    las tristes telarañas
    que la atrapan, la engullen, y el desván queda
    huérfano,
    sin la casa, las paredes, las columnas que le daban
    sentido.

    Desde sus rosetones hoy percibimos al tierno
    magnolio
    en donde ya se ha aposentado un petirrojo.
    La mirada como antesala de la memoria
    recogerá día a día su transcurrir fecundo
    que brota lentamente, afianza las raíces
    de la permanencia.
    Un verde que dora las sonrisas de nuestros
    propios ojos, de nuestras propias manos
    que consumen cada vez más veloces
    las horas y los años,
    sin saber si su frondosidad vital, si su marcha
    en ascenso
    podrá alcanzarnos, si podremos
    llegar a entreverar su completa belleza
    con todo lo vivido y lo soñado,
    con todo lo que un día nos sobrevivirá,

    o será replantado quizás en el desván de otra
    memoria ajena.

    (De Lugares que amar, 2022)


    Sabes, que detrás de la ciudad en ruinas, del estruendo macabro de las armas,
    del rostro del niño envejecido, del zarpazo de la enfermedad,
    de la desidia que llena las cunetas de quienes no han sido escuchados
    existe enterrado el mal como una mina.
    Y qué hacer ante la incertidumbre de esa explosión en que te va
    la vida o su mutilación. Adónde encaminar tus pasos sin un guía
    al que creas y verdaderamente crea, sobre el suelo que amas,
    encima de ese trozo de tierra enajenada.

    Algo reluce hacia la entraña de la noche sumergida en el mar.
    Busca en el fondo, rescata los rescoldos de tus corales rojos
    que aún quedan del naufragio, y erígelos en faros luminosos
    para los navegantes que extraviados quieran beber su luz.

    Hacer balance es como dar cuenta de cada estrella que formó parte
    de la constelación de nuestra vida.
    Desde dentro hacia fuera una cortina vela los años, su transparencia
    deja ver los juveniles astros reverberando sobre las flores del ciclamor.
    Mas en otoño sus hojas tiernas de corazón son arrasadas por vientos agrios
    de intolerancia; y en dónde estabas tú, amor, amiga, dónde el consejo
    de aquella madre que desconoce en qué rincones, dónde se esconden

    [esas arañas de seda negra.

    Pero en invierno, el azar que la entregó al veneno de la manzana,
    también le ofrece los labios tibios resplandecientes de la granada.

    (De Y a pesar de la niebla, 2018)


    XIV- La noche tiene la forma de un grito de lobo.
    Alejandra Pizarnik

    COMO UN GRITO

    I

    Esa noche no habrá luna que sea testimonio de tu reto.
    Acaso ya no importe ver el rostro del enemigo,
    del cazador impune, o de tu propio espectro.
    Todo aquello que perturbó tu espíritu
    tus miedos suspicaces,
    tu cuerpo huyendo del bosque de ti misma
    hacia su propio centro,
    tu espanto del fragor de los disparos .
    Esa noche todo ello quedará, lejano, emborronado, nimio.

    II

    Próxima a atravesar este puente de plata, hacia un metal
    más noble e implacable
    recordarás los nombres de las cosas guardadas en baúles,
    en un rincón del sótano de tu memoria.
    E imágenes de lluvias anegando la fe, que en ese día
    como una catedral fantasma querrá abrirte sus puertas, rígidas,
    de arquivoltas, hacia espacios translúcidos.
    Y verás las ciudades enclavadas, con pies sobre canales
    desafiando al mar, arrancándole un hilo
    que enhebrado a la aguja de la tierra sigue tejiendo vida.
    Y quedarán colgadas de los cuadros vivientes
    frente al alba y su ocaso,
    mientras tú sin quererlo, al trote del instante, te alejarás aullando
    envuelta en el violáceo color de la nostalgia.

    III

    No valdrá el haber traspasado tu tiempo con alguna destreza.
    Que te parezca haber vivido mucho de lo bueno y lo malo.
    Delante de la puerta de hierro que chirría, que guarda
    el no señalizado laberinto sin hilo,
    como el pozo mal cegado que al mal paso te lleva al no retorno,
    qué pocos voluntarios de Teseo, sin ovillo ni Ariadna.

    IV

    De qué te servirá que en último instante una divinidad
    queriendo hacer justicia te haga revelaciones vagas.
    Creerás, que esa tensión interna que agolpaba la ira
    hacia el depredador humano
    será juego de niños, o pequeño espejismo de la mente.
    Y a pesar del exilio en el país llamado del olvido
    en el que tantas veces te viste forzada a refugiarte,
    ese día siempre hallarás un éxtasis de alguna madrugada,
    un sublime despunte del trazo circular del globo enrojecido
    tras la colina verde,
    o el resplandor del rostro de la hija aquella a la que más amaste
    Sobre todo esto último es lo que ha de doler más.

    V

    Pero, ella sabe
    quien no es, quien no ha sido, y quizás, como tú desconfía
    de ese sistema humano, que bajo el lema falso de libertad
    ha arrasado el genuino bosque libre
    donde antaño se defendió su estirpe, de los convertidores
    de todo lo silvestre.
    Que creció sin muñones, ni tergiversadores
    de toda su verdad,
    del secreto latido del corazón de la ubre nutriente
    de hijos propios y ajenos.
    Que nació sin los números que,
    mercenarios anónimos y gentes conocidas
    inscriben en sus tallos con la sangre de todas las heridas
    del animal errante.

    VI

    Pero, ella solo entrega a ti
    el guiño de su aullido, y escribe para ti
    que haces oídos sordos a sus detractores,
    que sabes que se amagan y envuelven en pieles candorosas
    de cordero,
    que también has sufrido sus celadas, y conoces las llaves
    que abrirán las esclusas hacia las aguas dulces,
    que has oído apretar el gatillo, y te demoras ante la impuesta
    velocidad de la carrera,
    que sueñas y que intuyes un mundo de respeto frondoso
    liberado del coágulo, con ambición de mina.

    VII

    Que aun después de ese día, de esa noche,
    erguida sobre el monte ululará a la luna
    como un grito

    (De Grietas de luz, 2015)

    HEBRAS

    I

    En mi cuerpo hay un pozo vacío de sangre
    celebrando su ausencia,
    y una voz como aérea vena de savia
    por las ramas más altas del árbol asciende a la copa,
    y allí otea leve y vaporosa el transitar de abajo,
    y la tierra granada que un día fue necesidad
    y ahora tan solo es anécdota.
    De ese pozo ha crecido abundante y fecunda la hierba,
    y mi cuerpo es un bosque es un río es un lienzo
    por donde una mujer atraviesa y expulsa y olvida.

    II

    En mi cuerpo hay un pozo exento de sal y de piedra,
    un surtidor de agua redivivo donde mi boca bebe,
    y cabos enredados, dispersos que se entibian y se unen:
    travesía, acueducto, urdimbre hallada de otra piel,
    de otras hebras

    (De Grietas de luz, 2015)



    arbor-radix

    EDU BARBERO


    IX

    Y tú poeta intentando avanzar
    por las espesas arenas del desierto
    nómada develándote en éxodo continuo
    hacia la sed de hacerse fuente y de brotar
    mujer hombre persona

    Árbol diseminado por algún espejismo:
    silente observador que a nuestro errar asiste

    Él como tú permanece
    mientras una retina los absorba
    y aquel pliegue de las ramas internas guarde
    esa leve hendidura de alguno de ambos pasos
    o un fulgor entreabriendo una palabra tuya

    Ni él ni tú pueden salvar a nadie
    ni esperar salvación:

    aunque las manos de sus brazos secos
    parece que quisieran rasgar el firmamento

    XIV

    Pero a veces escondida y minúscula
    observas te introduces
    en esos labios y en esos pies llagados
    que bien podrían llegar a ser los tuyos
    Y entonces tu dolor se apacigua
    y se olvida de ti

    Y cuando todo parece ya extinguirse
    a pesar del ahínco de tus ojos y manos
    de pronto te sorprende un mínimo destello
    Una puerta levemente entornada
    que te invita
    al rumor de sus goznes abriéndose
    De nuevo a descalzarte y a beber en su cuenco
    Y entonces la vida tan insignificante
    su sin sentido llama a tu corazón
    y tú lo escuchas:

    y vuelves como a un adolescente
    a ofrecerle y a darte otra oportunidad

    (De Hacia lo abierto, 2011)


    EN EL REGRESO

    XI

    Yo vi en su palidez aquel instante
    del desprendimiento
    La hora del deshielo del témpano de sal
    entre sus dedos
    al último calor de sus cenizas

    La muerte nos ensaya en los que nos preceden
    Nos muestra el valor que se escuda en el metal
    nada noble su vuelo
    la cuchara de sopa
    La esclusa tras mis dientes el desnivel
    desde el pequeño lago
    de mi boca sustancia en pentagrama
    de este pulso que aún vibra

    Pero cómo llegar con tu palabra
    a esa otra lentitud de ojos sin tierra
    donde habitan las aguas sin pestañas de espumas
    O a la inmensa suavidad de las dunas
    que han absorbido el horizonte

    Y cómo ser
    Savia del árbol que aún te crece en el pecho
    La mirada emboscada de belleza
    que se convierte en bosque
    La infinita caricia del pliegue de la mano
    De la mujer guardando la memoria
    De ese saber de pájaros bajo las tejas
    en sus nidos de barro sobre la lluvia

    Y cómo seguir estando aquí
    Con la tenacidad de las hormigas
    Junto al hielo y la nada
    Frente a esa sal ardiente

    que estremece tus labios

    XII

    Y cuándo corazón aprenderás
    a no dejar volar como incautos gorriones
    las palabras
    que habían de velar ese tesoro
    Habitante tranquilo
    en su urna de cristal cerca de tus entrañas

    De pronto su cadáver de polvo amenaza
    con volver a existir
    De nuevo ahogar tus ojos en la arena
    del árido desierto que un día atravesaste
    huyendo del exilio

    Pero sé que dentro de esa noche de hiena
    crece también la llama de la vieja bondad
    en el pecho de la mujer o el hombre
    que apacigua el aullido hasta hacer canto:

    de esa voracidad mortal por vivir
    y pronunciar el nombre nunca escrito


    Dedicado a Pedro Salinas

    EDU BARBERO

    XIV

    Las manos de ese hombre enmudecieron
    Su pasado quedó colgado como un guante
    en la rama del árbol del olvido

    Ojos vacíos reales e inclinados
    hacia un silencio alquitranado
    Por esa ebullición acelerada
    Por el derrame de la luz
    de sus palabras

    Los días de la tibieza de las ascuas
    De la edad de las espigas y la cosecha
    en manos adiestradas
    pasó de largo

    Más temo al tiempo líquido fácil
    en desbordarse que a la vejez
    Con todos sus pliegues sus manchas y su dolor
    y con los ojos sabios de inexistencia

    Dejadla a fuego lento hacerse en el lenguaje
    bien curtida por fuera y esponjosa por dentro

    (De Ánforas, 2009)


    LA FLOR DEL HIBISCO

    IX

    He viajado como átomo invisible

    Por las venas del tiempo

    Hasta desembocar en tu latido.

    Haz que mi sangre vibre de plenitud

    Y regresemos desde nuestro presente,

    Embarquemos

    Hacia ese porvenir que nos espera.

    X

    Como flor de heliotropo
    Queriendo absorber toda la luz,
    Me siento yo de ti avariciosa,
    Y tengo a veces miedo
    Si no de dividirnos,
    Sí, de que un azar ingrato
    O un accidente absurdo,
    -Aquél a quien llaman el destino-
    Imponga la tiranía ciega,
    Y sus celdas oscuras
    De aislamiento.

    Por eso enciendo velas
    En toda nuestra casa,
    Acaricio el color de las maderas
    Y viajo a través de nuestros cuadros
    Esperando a que llegues,
    Sentada en un viejo balancín,
    Y lleno todos los huecos y rincones
    De blanca sal marina.

    XVII

    Seamos generosos,
    Hagamos de nuestro amor
    Frutal palacio en el desierto,
    Hibernal jardín de peregrino.

    Dibujemos de nuevo
    El mapa que nos atesoró,
    Para que abra caminos
    A quien busca que un día
    El sol que lleva adentro
    Amanezca bien alto
    En otros ojos.

    (De El cantar de las amantes, 2006)


    SAN MICHELE

    Le don de vivre a passé dans les fleurs!
    Paul Valéry

    En medio de la antigua laguna,
    Surcada de otras islas y caminos,
    El muro de cipreses impone altivo
    Un límite.
    Encima de las tapias
    Unos ojos vigilan a Caronte
    Que arriba en negra góndola,
    Envuelto en máscara de dorados brocados.
    Aún trae los colores risueños de disfraces
    Que encubren
    Identidades, títulos, historia.

    Yo, lozano, adolescente, sigiloso,
    De su pasaje espero el don de vida
    Y apremio su llegada, me alineo,
    Anhelo esa frondosidad de mis hermanos,
    Doy sombra a mármoles gastados por los rayos,
    Los deslumbro, hago legibles
    Nombres, fechas y epitafios,
    Entre los bien alimentados verdes
    De tierras y marismas
    Entrego al viento mensajes sepulcrales
    De silencio,
    Desde la isla de los muertos
    A las islas
    Del vivo latir de las campanas

    (De La mirada y el viaje, 2004)

    EN LOS ATARDECERES DE LOS VERANOS
    cuando cantaban los grillos alborozados
    y los hombres de las grandes albarcas
    volvían lentos de trabajar el campo,
    salíamos a respirar la sombra
    de los rayos plomizos del agosto.
    Cuando en las aguas frescas reverdecidas
    dejaban de la rienda abrevar mulas y asnos
    y se oía la caída del agua
    besar la arcilla roja de la boca del cántaro,
    esperábamos ver
    tras la música convertida en reloj,
    un rostro deseado.
    Y eran tardes de brisa azul-morada
    sabedoras de tantas otras tardes por venir,
    que no importaba subir la cuesta arriba
    sin haber conseguido beber
    en el hueco de otra mano,
    el encierro abrasador de un día
    sin nada que llevarse al alma sino sueños
    de cómo estaría hecho este presente.

    (De De mares y espumas, 2001)

     


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